14 de enero de 2005
Estamos
viviendo con mayor frecuencia sucesos en donde ciudadanos quieren tomar en sus
propias manos la aplicación de la justicia como en el lamentable caso de la
muerte de dos policías linchados en Tláhuac, D.F. o se oponen a la actuación de
las autoridades contra delincuentes como ocurrió mas recientemente en el Estado
de México. Actúan en masa, instigados por líderes que se ocultan cobardemente,
con un salvajismo digno de sociedades muy atrasadas. Afortunadamente en
Aguascalientes no hemos tenido casos de estos pero cualquier estado o población
de nuestro país pueden estar expuestos a acontecimientos similares si no nos
ponemos muy alertas para impedirlo.
En
la comedia “Fuente Ovejuna”, Lope de
Vega lleva al teatro un suceso real acontecido en la época de los Reyes
Católicos de España. Un pueblo entero, la villa de Fuente Ovejuna, se rebela
contra el trato abusivo, despiadado e injusto de su Comendador quien es su
autoridad local, y el pueblo cansado de tanto abuso decide hacerse justicia por
su propia mano, matándolo a él y sus colaboradores de una manera horrenda.
Cuando los investigadores del Rey intentan averiguar quien fue el culpable,
todos contestan “¡Fuente Ovejuna!” de tal manera que no hay forma de identificar
a los culpables. El Rey al enterarse del asunto y saber de los abusos del Comendador, decide dejar
las cosas en paz.
En
Tláhuac quinientos años después de
Fuente Ovejuna, una turba enardecida, azuzada quizá por los maleantes que
buscaban estos policías, los confunde con secuestradores y ante las cámaras de
televisión los golpea y quema para matar a dos de ellos. ¿Por qué una buena
parte del pueblo acude al repique de campanas a linchar a policías que cumplían
con su deber? ¿Porqué ciudadanos comunes y corrientes que en su vida cotidiana
son incapaces de matar una mosca se convierten en perversos asesinos? ¿Por qué
unos líderes cobardes son capaces de azuzar a una multitud para convertirlos en
homicidas? Este podría ser un tema de investigación como lo ha sido el caso de
Alemania bajo Hitler quien pudo producir un genocidio tan grande usando
ciudadanos alemanes comunes y corrientes que no tenían un perfil de asesinos, pero
que pasivamente obedecían órdenes sin importar si se trataba de matar a millones
de seres humanos.
Pareciera
ser que una explicación radica en el fenómeno que se dio en Fuente Ovejuna en
1496. En la experiencia de muchas personas, especialmente en el Distrito
Federal, la actuación de las autoridades y de los policías ha sido frecuentemente
abusiva. Basta recordar a personajes como el jefe de la policía capitalina en
el sexenio de López Portillo, Arturo “El Negro” Durazo, que convirtió a la
policía en una gigantesca máquina de
delinquir. Pero no hay que ir tan lejos. Hace unos pocos meses arrestaron a un
alto jefe policiaco del D.F. por encabezar una banda de secuestradores. Con ello
no es difícil convencer a la turba que los policías eran en realidad
secuestradores.
El
gobierno del D.F. enfrenta ese rechazo de la ciudadanía a las autoridades que intentan
aplicar la Ley y
se entiende después de tantos años de abuso y corrupción. Pero es muy grave
porque pareciera que la situación no tiene remedio. Es necesario vencer la
desconfianza de la ciudadanía hacia sus autoridades. Las autoridades tienen que
hacer un gran esfuerzo por recobrar la confianza de sus ciudadanos.
Sin
embargo el caso de Tláhuac no era el primero de su tipo que enfrentaban las
actuales autoridades capitalinas. Se pretendió minimizar los hechos con
comentarios que ya antes se habían dado para casos similares: “son los usos y
costumbres del pueblo”. El día menos pensado revive el antiguo culto de los
aztecas en donde se hacían sacrificios humanos arrancando corazones y estas
autoridades dirán que está bien porque está basado en nuestras tradiciones y
costumbres. Así será difícil recobrar la confianza perdida.
Todo
México, y creo que buena parte del mundo vio el horror de Tláhuac gracias a los
medios de comunicación. La
Ciudad de México apareció como ya la percibimos muchos: un
lugar sin autoridad, una selva donde sobrevive el más fuerte, donde todo se
vale, donde estorba la autoridad y la
Ley no existe, donde se ha perdido el respeto a las reglas de
convivencia mas elementales y a la búsqueda del bien común, en donde se ha
perdido incluso el respeto a la persona humana.
Afortunadamente
Aguascalientes es muy diferente al Distrito Federal. Pero debemos estar muy
alertas a que esta enfermedad de la sociedad no nos alcance por acá. El gran
reto es apoyar a nuestras autoridades para que en base a reglas de convivencia
que nos dan nuestras leyes, vivamos todos en paz y en armonía y no dejar que nunca
se pierda ese respeto a la autoridad y a la Ley.
Correo electrónico: octaviodiazgl@yahoo.com.mx
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