19 de mayo de 2006
Vale la pena revalorar el pasado de México para
ayudarnos a proyectar hacia el futuro un país que puede ser grande, como antes
lo fueron las civilizaciones que poblaron nuestro territorio. En lo que hoy es
México y parte de Centroamérica existió un desarrollo cultural y una grandeza
de civilizaciones que se comparan con ventaja con muchas civilizaciones
contemporáneas a ellas en el resto del mundo. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) informa que existen alrededor de
39,000 sitios arqueológicos claramente identificados en nuestro país, pero
estiman que se pueden encontrar alrededor
de 200,000. Desafortunadamente el INAH solo tiene presencia en alrededor de 120
por lo que es muy importante que gobiernos estatales, locales y nosotros mismos,
cuidemos esas ruinas. Es de llamar la atención la enorme cantidad de
construcciones y vestigios que las diferentes civilizaciones mesoamericanas dejaron
en nuestro país. Algunas de ellas aún hoy resultan espectaculares como
Teotihuacán o Chichén Itzá entre muchas otras.
¿Qué impulsó tan enorme despliegue de obras, entre
construcciones y obras de arte plasmadas en murales y esculturas, enormes
bibliotecas con códices, testimonios históricos labrados en piedra y una
religión extraordinaria? Los arqueólogos dicen que el gran motor de estas
civilizaciones fue la religión. Una religión que a los europeos que llegaron a
estas tierras les pareció obra del demonio y que aún hoy en día nos puede parecer
muy cruel y sanguinaria. La religión azteca fue solo una distorsión de la
religión original de Mesoamérica basada en el culto a Quetzalcóatl y que los
aztecas adoptaron con formas feroces, ajenas a la antigua religión.
Los aztecas eran un pueblo nómada, guerrero y con poca
cultura cuando llegaron a establecerse
al Valle de México en medio de civilizaciones mas avanzadas. Fueron
extraordinarios guerreros y en sólo doscientos años conquistaron prácticamente
toda Mesoamérica. Pero su cultura y su
religión fueron retomadas de las culturas que ya existían aquí. Al ir ganando
espacios alrededor del lago de Texcoco van también imponiendo sus condiciones. Cuando
conquistan el reino de Azcapotzalco por ejemplo, destruyen los códices que
relataban la historia y cultura de ese pueblo para imponer su versión de la
historia y su religión basada en sacrificios humanos. Esta religión les ayudó a
aterrorizar a los pueblos conquistados. Algo que los españoles luego repetirían
al imponer su religión y esclavizar a los indígenas. Los pocos códices que
sobrevivieron a la destrucción sistemática realizada por los españoles, han servido para dar una idea de lo que eran
las costumbres y la historia de las antiguas civilizaciones.
Eje de todo este desarrollo extraordinario de las
culturas mesoamericanas lo fue el culto a Quetzalcóatl. En torno a esta figura se pueden observar tres
dimensiones relativas a la existencia de este personaje. Por una parte parece muy
probable que existió un rey, especie de chamán, demiurgo por excelencia, en
tiempos remotos. Era un gran sabio y les
enseñó cosas extraordinarias a los antiguos pobladores de Mesoamérica. Otra dimensión lo constituye el culto al dios
representado como serpiente emplumada y asociado al planeta Venus, con una
mitología muy desarrollada. La tercera se refiere a las historias de seres de carne y hueso que
tomaron el nombre de Quetzalcóatl sucesivamente, pues los sacerdotes de este
culto iban tomando el nombre de su dios. La combinación de estos
tres aspectos hace de Quetzalcóatl una figura mítica mezcla de rey, sacerdote,
chamán, sabio y dios.
La religión de Quuetzalcóatl y sus leyendas predominaron
en toda Mesoamérica. Su importancia apenas se está desentrañando. El testimonio
a su culto se encentra de manera prominente en Teotihuacán, Tula, Xochicalco,
Chichén Itzá, ente muchos otros. La
leyenda dice que este personaje gobernante y sacerdote trajo enormes beneficios a su gente a través
del descubrimiento de grandes riquezas, de las artes, del calendario, entre otras.
Cuenta la leyenda que un día sufrió la conspiración de un hechicero llamado
Tezcatlipoca junto con otros hechiceros, quienes le tendieron una trampa para
alejarlo del comportamiento intachable que exigía su religión y lo embriagaron.
Quetzalcóatl, ya borracho, ordena que traigan a su hermana con quien tiene
relaciones. Cuando recobra la conciencia y se da cuenta de todas sus faltas,
llora y se va hacia el oriente, hacia la costa a donde llega y se incinera, ascendiendo
al cielo y convirtiéndose en el planeta Venus listo para regresar algún día,
tal y como los aztecas lo esperaban cuando llegaron los españoles y pensaron
que era Quetzalcóatl.
Lo interesante de esta leyenda es que un hombre es el que se convierte en dios y no al
revés como en la mayoría de las religiones en que el dios es quien se convierte
en hombre. Siglos después Nietzsche,
vislumbra algo similar al decir que “ El hombre es una cuerda tendida entre el
animal y el superhombre, -una cuerda sobre un abismo.¨ Señalando así la posibilidad de que el hombre
trascienda su naturaleza para llegar a un estado superior, como ocurre con la
leyenda de Quetzalcóatl. Así, diría
Laurette Séjourné, la doctrina
quetzalcoatliana se aproxima a una visión en la que los poderes espirituales
son considerados como formando parte de la interioridad del ser humano.
La religión y la historia de quienes nos antecedieron
en el actual México pueden ser aún fuentes importantes de inspiración y guía.
Pensar en nuestra antigua grandeza para llegar a un futuro mejor. El destino de
nuestro país no deberá ser siempre permanecer como hoy vivimos. Cada uno de
nosotros podemos aspirar a ser como el antiguo Quetzalcóatl quien superando su
naturaleza se convierte en dios. O si eso nos parece excesivo, podemos aspirar
a transitar por esa cuerda tendida en el abismo de la que habla Nietzsche, para
llegar a ser superhombres. Pues lo que
hace una gran nación son sus hombres y mujeres, quienes al ser mejores,
engrandecen a México.
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