domingo, 12 de enero de 2014

LA GRANDEZA DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS



19 de mayo de 2006


Vale la pena revalorar el pasado de México para ayudarnos a proyectar hacia el futuro un país que puede ser grande, como antes lo fueron las civilizaciones que poblaron nuestro territorio. En lo que hoy es México y parte de Centroamérica existió un desarrollo cultural y una grandeza de civilizaciones que se comparan con ventaja con muchas civilizaciones contemporáneas a ellas en el resto del mundo. El  Instituto Nacional de Antropología e Historia  (INAH) informa que existen alrededor de 39,000 sitios arqueológicos claramente identificados en nuestro país, pero estiman que  se pueden encontrar alrededor de 200,000. Desafortunadamente el INAH solo tiene presencia en alrededor de 120 por lo que es muy importante que gobiernos estatales, locales y nosotros mismos, cuidemos esas ruinas. Es de llamar la atención la enorme cantidad de construcciones y vestigios que las diferentes civilizaciones mesoamericanas dejaron en nuestro país. Algunas de ellas aún hoy resultan espectaculares como Teotihuacán o Chichén Itzá entre muchas otras.

¿Qué impulsó tan enorme despliegue de obras, entre construcciones y obras de arte plasmadas en murales y esculturas, enormes bibliotecas con códices, testimonios históricos labrados en piedra y una religión extraordinaria? Los arqueólogos dicen que el gran motor de estas civilizaciones fue la religión. Una religión que a los europeos que llegaron a estas tierras les pareció obra del demonio y que aún hoy en día nos puede parecer muy cruel y sanguinaria. La religión azteca fue solo una distorsión de la religión original de Mesoamérica basada en el culto a Quetzalcóatl y que los aztecas adoptaron con formas feroces, ajenas a la antigua religión.

Los aztecas eran un pueblo nómada, guerrero y con poca cultura  cuando llegaron a establecerse al Valle de México en medio de civilizaciones mas avanzadas. Fueron extraordinarios guerreros y en sólo doscientos años conquistaron prácticamente toda  Mesoamérica. Pero su cultura y su religión fueron retomadas de las culturas que ya existían aquí. Al ir ganando espacios alrededor del lago de Texcoco van también imponiendo sus condiciones. Cuando conquistan el reino de Azcapotzalco por ejemplo, destruyen los códices que relataban la historia y cultura de ese pueblo para imponer su versión de la historia y su religión basada en sacrificios humanos. Esta religión les ayudó a aterrorizar a los pueblos conquistados. Algo que los españoles luego repetirían al imponer su religión y esclavizar a los indígenas. Los pocos códices que sobrevivieron a la destrucción sistemática realizada por los españoles,  han servido para dar una idea de lo que eran las costumbres y la historia de las antiguas civilizaciones.

Eje de todo este desarrollo extraordinario de las culturas mesoamericanas lo fue el culto a Quetzalcóatl.  En torno a esta figura se pueden observar tres dimensiones relativas a la existencia de este personaje. Por una parte parece muy probable que existió un rey, especie de chamán, demiurgo por excelencia, en tiempos remotos.  Era un gran sabio y les enseñó cosas extraordinarias a los antiguos pobladores de Mesoamérica.  Otra dimensión lo constituye el culto al dios representado como serpiente emplumada y asociado al planeta Venus, con una mitología muy desarrollada. La tercera se refiere a  las historias de seres de carne y hueso que tomaron el nombre de Quetzalcóatl sucesivamente, pues los sacerdotes de este culto  iban tomando  el nombre de su dios. La combinación de estos tres aspectos hace de Quetzalcóatl una figura mítica mezcla de rey, sacerdote, chamán, sabio y dios.

La religión de Quuetzalcóatl y sus leyendas predominaron en toda Mesoamérica. Su importancia apenas se está desentrañando. El testimonio a su culto se encentra de manera prominente en Teotihuacán, Tula, Xochicalco, Chichén Itzá, ente muchos otros.  La leyenda dice que este personaje gobernante y sacerdote  trajo enormes beneficios a su gente a través del descubrimiento de grandes riquezas, de las artes, del calendario, entre otras. Cuenta la leyenda que un día sufrió la conspiración de un hechicero llamado Tezcatlipoca junto con otros hechiceros, quienes le tendieron una trampa para alejarlo del comportamiento intachable que exigía su religión y lo embriagaron. Quetzalcóatl, ya borracho,   ordena que traigan a su hermana con quien tiene relaciones. Cuando recobra la conciencia y se da cuenta de todas sus faltas, llora y se va hacia el oriente, hacia la costa a donde llega y se incinera, ascendiendo al cielo y convirtiéndose en el planeta Venus listo para regresar algún día, tal y como los aztecas lo esperaban cuando llegaron los españoles y pensaron que era Quetzalcóatl.

Lo interesante de esta leyenda es que un  hombre es el que se convierte en dios y no al revés como en la mayoría de las religiones en que el dios es quien se convierte en hombre.  Siglos después Nietzsche, vislumbra algo similar al decir que “ El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, -una cuerda sobre un abismo.¨  Señalando así la posibilidad de que el hombre trascienda su naturaleza para llegar a un estado superior, como ocurre con la leyenda de Quetzalcóatl. Así, diría  Laurette Séjourné,  la doctrina quetzalcoatliana se aproxima a una visión en la que los poderes espirituales son considerados como formando parte de la interioridad del ser humano.

La religión y la historia de quienes nos antecedieron en el actual México pueden ser aún fuentes importantes de inspiración y guía. Pensar en nuestra antigua grandeza para llegar a un futuro mejor. El destino de nuestro país no deberá ser siempre permanecer como hoy vivimos. Cada uno de nosotros podemos aspirar a ser como el antiguo Quetzalcóatl quien superando su naturaleza se convierte en dios. O si eso nos parece excesivo, podemos aspirar a transitar por esa cuerda tendida en el abismo de la que habla Nietzsche, para llegar a ser  superhombres. Pues lo que hace una gran nación son sus hombres y mujeres, quienes al ser mejores, engrandecen a México.



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