21 de abril de 2006
En
estos días el Rey de España le ha dado a
Sergio Pitol el Premio Cervantes. Este premio, considerado como el Premio Nóbel
de literatura en lengua española, lo han
ganado 31 escritores desde su creación en 1974 y está dotado con 90,000 euros.
Solo lo han ganado tres escrtores mexicanos:
Octavio Paz, Carlos Fuentes
y ahora Sergio Pitol. Otros galardonados
son Jorge Luis Borges, María Zambrano y
Mario Vargas Llosa, entre otros. Hoy es importante hablar de este
excelente escritor mexicano que ha trascendido las fronteras de nuestro país
con su calidad literaria.
Los
mexicanos leemos muy poco (alrededor de un libro por año) y hoy nos vemos
invadidos por libros de baja calidad literaria (Los “best sellers o “libros mas
vendidos”) que una enorme maquinaria
publicitaria nos impulsa a comprar e incluso a leer. Por ejemplo, el Código Da
Vinci o la saga de Harry Potter, que podrán ser entretenidos pero no son buena
literatura. Estos libros se pueden encontrar en las librerías de todo el mundo
en casi todos los idiomas. La industria editorial también se ha vuelto global y
con sus técnicas de mercadotecnia hace que se vendan millones de ejemplares
alrededor del mundo.
Pero
hay otros escritores de mérito enorme que nos pasan desapercibidos a la
mayoría. Tal es el caso de Sergio Pitol. Nació en
la ciudad de Puebla. Cursó sus estudios de Derecho y Filosofía en la Ciudad de
México. Es reconocido por su trayectoria en el campo de la creación literaria y
en el de la difusión de la cultura. Ha
vivido en muchas partes: estudiante en Roma, traductor en Pekín y en Barcelona,
profesor universitario en Xalapa y en Bristol, y diplomático en Varsovia,
Budapest, París, Moscú y Praga. La desgracia, la enfermedad y el aislamiento
crearon su estilo literario, que él define como una autobiografía oblicua en la
que se funden la vida y la literatura. Ha escrito No hay tal lugar
(1967), Infierno de todos (1971),
Nocturno de Bujara (1981), Juegos florales (1985), Domar a la divina garza (1988), Vals
de Mefisto (1989), La vida conyugal (1991), El arte de la fuga (1996) y El mago de Viena (2005) entre otros. En
sus libros se encuentran escritos autobiográficos, fragmentos de diarios, reflexiones sobre el
arte, crónicas sobre la actualidad, viajes y homenajes a sus autores
preferidos. El Rey de España dijo de él que
“ se ha propuesto en
su obra un objetivo radicalmente cervantino: soñar la realidad ”
Apreciar
la buena literatura, requiere como todo arte, cononcimientos y entrenamiento.
Apreciar una pintura de Miró que podría parecer obra de un niño, o una pintura de Pollock en la que podríamos ver
sólo manchas, requiere conocimientos previos y desarrollar el gusto para poder
gozar la obra de arte. Igual sucede con la ópera y con otros géneros de la
música clásica. La literatura de Pitol va en ese sentido. Complejas construcciones de palabras en un
corto espacio impreso. Apuntes de su vida, anécdotas, y múltiples referencias a
lugares en donde ha vivido y sobre todo a autores en los que se ha sumergido.
Todo hilvanado por un discurso que se desenvuelve en tramas que van saliendo
una por una como las muñecas rusas.
El
género del “Best seller” es diferente.
En el Código da Vinci por ejemplo, desfilan pocos personajes, nada complicados
y caricaturiza instituciones para
justificar una trama basada en la
conspiración. Sus capítulos son cortos, lo suficientemente cortos como
para leerlos en una ida al baño o mientras duran los anuncios de la televisión.
Es muy fácil seguir el hilo de la trama. Están hechos para una lectura fácil.
Es literatura de consumo. Lo que veo llamativo de ese libro es como despierta el interés sobre los evangelios
apócrifos, que muy poca gente conoce, para hacerlos el eje central de la trama
y buscar con ello escandalizar. Indudablemente son recetas que cualquier “best
seller” sabe seguir con exactitud.
Recientemente la National Geographic rescató un manuscrito de uno de estos evangelios, el de Judas,
que ha servido para alimentar la
polémica, pero también las ventas de este tipo de libros.
Creo
que hay tiempo para leer best sellers, cuando se quiere descansar y
desconectarse un poco del mundo. Pero también debemos hacernos espacio para
llegar a la buena literatura, en donde requiere que intelectualmente nos involucremos
con la obra. El caso de Sergio Pitol es uno de ellos, pero también hay otros muchos que valen la
pena: los cuentos del argentino Borges, la poesía de Octavio Paz, el enorme legado del portugués Fernando Pessoa, la excelente prosa de Alfonso
Reyes, o mas recientemente el caso del chileno Roberto Bolaño, con su
extraordinario libro “2666” en el cual,
una de sus partes transcurre en una ciudad ficticia casi igual a Cd. Juárez,
Chih., lugar que lo presenta como la
antesala del infierno, en donde se van descubriendo una tras otra, cientos de
muchachas muertas. O leer a filósofos que ante todo eran grandes literatos como
Nietzsche u Ortega y Gasset. En fin, por mencionar sólo a algunos al azar.
El
que en España se reconozca con este premio a un mexicano es de la mayor
importancia. Habla de la calidad de algunos de nuestros intelectuales y su
impacto en el mundo de las letras. Ser reconocido Pitol como uno de los mejores
escritores de lengua española no es poca cosa. En México se escribe también
buena literatura.
Como
homenaje a nuestro laureado escritor, creo que valdría la pena hacernos un espacio para leerlo. Ese es el mejor homenaje
que se le puede hacer a un escritor. El Fondo de Cultura Económica está
publicando las obras completas de Pitol un una edición bastante buena, de
formato grande. Pero también se pueden conseguir sus libros sueltos.
Así que dejemos de lado El Código Da Vinci y a leer a Pitol, podría ser un buen
propósito para las próximas vacaciones y
espero, un descubrimiento de lo que es la otra literatura. Y si hay que leerlo
despacio y hasta dos veces, no importa. Vale la pena.
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